Digimon Reset

#1
Saccheggiatrice d’inerzie e dolori,
Notte; difesa ai silenzi,
L’età rigermina
Delle oblique tristezze.

E vedo in me fanciulli
Leggiadri ancora sull’anca
Al declivio delle conchiglie
Turbarsi alla mia voce mutata.
SALVATORE QUASIMODO
 
Digimon Reset
デジモンリセット

Libro primero: La llamada de las tinieblas
最初本、闇呼

Capítulo 1: La extinción de la luz
第一章、光消
Yo, de niño, temía que el espejo
Me mostrara otra cara o una ciega
Máscara impersonal que ocultaría
Algo sin duda atroz. Temí asimismo
Que el silencioso tiempo del espejo
Se desviara del curso cotidiano
De las horas y del hombre y hospedara
En su vago confín imaginario
Seres y formas y colores nuevos.
(A nadie se lo dije; el niño es tímido).
JORGE LUIS BORGES.



Cuando logró por fin desligarse de aquella pesadilla, la chica se sentó, intentando en vano reconstruir las imágenes que su mente había creado para su tormento, sin más resultado que el menguante recuerdo de una amalgama enigmática de angustia y miedo cuya familiaridad le hizo darse cuenta de que no era la primera vez que aquella manifestación onírica se ensañaba con sus noches. Mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad imperante en el cuarto, se enjugó las lágrimas y se secó el sudor de la frente; luego se puso de pie, miró a través de la ventana el urbano paisaje nocturno de Odaiba, y recordó otra noche remota, la del dos de agosto de 1999, en la que había estado en vela, esperando el regreso de uno de los seres más importantes de su mundo. “Cuánto me gustaría que estuvieras aquí conmigo”, pensó, y fue en busca del objeto que la unía a ese ser, lo tomó y lo presionó con fuerza contra su pecho. Hacía casi tres años que no reaccionaba, pero ninguno de los ocho viajeros se había deshecho del suyo, quizá menos porque conservaran la esperanza de que algún día volverían a ver a sus amigos que por la necesidad de confirmar que eso había ocurrido realmente.

En la cama superior, Taichi Yagami, despierto desde mucho, se había convertido en un involuntario centinela silencioso de los padecimientos de su hermanita, pero sabía, por la frustración que trae consigo la experiencia del fracaso reiterado, que cualquier intento de indagar sobre las causas de sus penas caería en terreno estéril, porque Hikari acostumbraba privilegiar el bienestar ajeno por sobre el propio, costumbre que la había llevado al borde de la muerte en dos ocasiones, a pesar de sus precoces once primaveras. Por eso la observaba en silencio, buscando algún mínimo indicio de la bruma indecible que anidaba en su alma. Escuchó cómo sus sollozos mutaban en ininteligibles gemidos de angustia, y la vio despertar, sentarse en la cama, mirar por la ventana, tomar su Digivice, contemplarlo un segundo y apretarlo contra su pecho hasta que las señales de congoja fueron reemplazadas por expresiones de algo que la mayoría hubiera confundido con tranquilidad, pero que él sabía era resignación.
Poco tiempo más tarde, ambos hermanos estaban casi listos para partir a la escuela, mientras el telediario hablaba del florecimiento de los cerezos en las diversas zonas de Japón. Al ver eso, Taichi recordó su compromiso anual de ir a contemplarlos con Sora Takenouchi, su mejor amiga, y se volteó hacia su hermana para pedirle que los acompañara. Entonces, una sombra de preocupación inquietó su pensamiento: ella se había ensimismado al punto de dejar el plato intacto y parecía estar muy entretenida contemplando su reflejo en el té verde. Si bien era cierto que Hikari tendía a abstraerse del mundo, su comportamiento en esta ocasión fue tan inusual que hasta la propia señora Yagami tuvo que preguntarle por su estado. La pequeña se quedó un instante en suspenso, pero luego articuló un “Estoy bien” tan apático, tan vacío, tan antinatural que no hizo más que acrecentar las preocupaciones de su madre. Turbada e insatisfecha, la señora intentó colocar su palma en la frente de su hija, pero la pequeña se lo impidió al grito de: “¡No me toques! ¡Te dije que estoy bien!”, para luego tomar su mochila y abandonar la casa rápidamente, sin siquiera despedirse. Los miembros restantes de la familia intercambiaron una mirada que conjugaba el estupor con la incredulidad, y tras unos segundos de tenso silencio, el señor Yagami solicitó a su vástago que fuera tras ella para cuidarla.
Taichi la alcanzó cuando había descendido la mitad de las escaleras y la escoltó, silencioso, hasta la puerta de su institución educativa. Antes de separarse de ella, la miró a los ojos y le preguntó:
—¿Hay algo que quieras decirme?
Hikari lo contempló largamente.
—No —dijo.

En otro edificio de la misma prefectura, un joven rubio se dirigía por primera vez a la escuela que le fuera asignada al mudarse de distrito. Inicialmente su madre había pensado que el chico no aceptaría el cambio, pero en verdad a Takeru Takaishi le encantó la idea, no solo porque vivir en ese lugar acrecentaría la frecuencia de sus encuentros con su hermano y su padre, sino también porque le daría la posibilidad de asistir al mismo colegio que sus antiguos compañeros de aventuras. Durante el trayecto, le agradó notar las cada vez más visibles señales de la primavera; aquí y allá se vislumbraban los primeros brotes.
Ya en clases, Takeru notó que compartiría aula con Hikari Yagami, a quien lo unía, quizá, algo más que unas experiencias de vida. Estaban en clases de Literatura, la favorita del rubio. El profesor hablaba del Haiku y resaltaba cómo su brevedad buscaba destacar un instante de belleza fugaz y lo efímero de la vida. Probablemente ese era un concepto inasequible a la mayoría de los onceañeros, pero Takeru había visto el rostro de la muerte con tan solo ocho veranos, y lo comprendía. Recordó el asesinato de Wizarmon, que nunca podría revivir, y aquella ocasión en la que había estado velando el sueño febril de Hikari durante horas interminables, mientras los perseguía el Ejército de Metal.
Entre tanto, el profesor acababa de leer un poema (“Sopla si quieres,/ oh viento del otoño./ Flores sin color”), y quería que alguien diera una interpretación. Al cabo de unos segundos de silencio, Takaishi se puso de pie y comenzó a hablar. Dijo que el viento era una imagen dinámica que simbolizaba el paso del tiempo, que el otoño aludía a la muerte por las hojas que caen al suelo, y que las flores sin color denotaban vejez. El profesor lo felicitó, y el muchacho se sentó y giró la cabeza hacia Hikari:
—Pero cuando llega la primavera y las flores renacen, son más hermosas aún —le dijo, sonriendo.
Ella le devolvió la mirada mas no la sonrisa.

En ese mismo momento, Yamato Ishida caminaba sin prestar atención al paisaje circundante, ni a la tibieza del sol en su frente, ni a la suave caricia del viento primaveral, con la mente urdiendo maquinaciones de índole casi metafísica. La noche anterior, su padre había llegado a casa mucho más tarde de lo corriente, lanzando suspiros de cansancio o resignación. Yamato no podía entender las causas de su congoja, cuando tan solo dos semanas atrás había estado eufórico por la reapertura del edificio de la Fuji TV destruido en la batalla contra Vandemon. Cuando el muchacho le preguntó qué le sucedía, el hombre soltó una parrafada casi incomprensible sobre sombras que turbaban la filmación de los doramas, audios que interferían la trasmisión de la música y símbolos ilegibles que ornamentaban las paredes del edificio y que solo podían ser vistos por cámaras. No había explicación alguna para esos fenómenos, pero Sakurada insistía en que era probable que tuviera que ver con los demonios que aparecieron hacía tres años.
Yamato nada había dicho para no desalentar a su progenitor, pero sospechaba que la hipótesis no era del todo incoherente. Llegó a la escuela casi sin percatarse y se encontró con un Taichi Yagami cuya expresión deprimida era muy similar a la del hombre que había dejado en su hogar. Le preguntó si le pesaba algo, y él atribuyó su depresión al inicio de clases, pero Yamato no lo creyó, aunque prefirió ignorar la situación por el momento.
Entonces apareció Koushiro.
—¿Se ha abierto la puerta digital? —preguntaron Taichi y Yamato a un tiempo.
Ambos se miraron, sorprendidos; Koushiro tampoco sabía cómo reaccionar. Esa mañana, como todas desde que volvieran de su viaje, había escrutado la puerta al Digimundo para encontrarse que estaba cerrada. Era natural; salvo por el encuentro con Diaboromon que casi termina en tragedia, los contactos entre ambas dimensiones habían sido pausados y fugaces. Pero lo que sorprendía al pelirrojo era lo abrupto de las preguntas. En un principio, no bien terminadas sus aventuras, recibía esos interrogantes varias veces al día, de parte de todos los miembros del grupo; más tarde, con el paso del tiempo, su frecuencia disminuyó; y finalmente todos aceptaron que Koushiro les diría si había alguna novedad.
—¿Por qué le preguntaste eso? —inquirió Yamato.
—Por nada. ¿Y tú?
Yamato iba a ensayar una explicación, pero el sonido de la campana obligó a los tres a dirigirse a sus aulas.

Cuando llegó la hora del almuerzo, Takeru buscó a Hikari, porque la había notado particularmente taciturna. La encontró en un rincón aislado, la vista perdida en la ventana; ni siquiera había sacado el obento de su mochila, y parecía estática. Él se acercó y le preguntó si se sentía bien, y ella reconoció que estaba mareada; entonces, él le dijo que fuera a la enfermería y se ofreció a acompañarla, pero ella le contestó que no era necesario, que todo era producto del cansancio y que iba a lavarse la cara para despertarse. Takaishi le propuso acompañarla hasta el baño y esperarla en la puerta, pero ella le dedicó una mirada que parecía reprocharle que la tratara como una niña desvalida; por eso, el rubio se resignó, se sentó y observó cómo ella se alejaba, con movimientos lentos y vacilantes. Al ver esto, Takeru tuvo el impulso de ir a ayudarla, pero decidió respetar su decisión y concentrarse en la comida.
Mientras comía, Takaishi pensó en lo poco que conocía a Hikari. Sabía que tenía una indefinible característica que la hacía sobresalir del resto del grupo; no en vano el guardián del Digimundo había elegido su cuerpo como médium para comunicarse con ellos ni había sido a través de ella que se había manifestado la luz cuyo poder había definido la victoria contra Mugendramon; pero a la vez suponía que esa característica la hacía vulnerable a los poderes de las tinieblas. ¿Tendría que ver con eso su estado actual? No podía decirlo.
Habían pasado diez minutos desde que Hikari se marchara, y no daba señales de volver. Takeru, preocupado, dejó lo poco que quedaba en su plato y se dirigió al baño para ver si había salido. Se detuvo en la puerta y al poco tiempo escuchó un grito de desesperación que hizo que quisiera abrirla; pero antes de que llegara a hacerlo, una profesora lo interrumpió e ingresó en su lugar.
Allí estaba ella, tirada en el suelo, en posición fetal y agarrándose la cabeza; dos maestras la ayudaban a levantarse, mientras un tercero le preguntaba si estaba bien y qué le había pasado; alrededor se había conglomerado una turba de estudiantes curiosos, que los docentes intentaban despejar para que la joven pudiese avanzar.
—Fue un mareo —era todo cuanto decía la chica a las múltiples interrogantes, pero Takeru intuía que había algo que no quería decir; y sus preocupaciones se convirtieron en terror al notar que el pie derecho de su compañera parecía difuminarse, como visto a través de una niebla. Al parpadear, esa impresión había desaparecido, aunque la imagen era demasiado vívida para que pudiera argumentarse que fuese una ilusión óptica.

Acababa de sonar la campana para el almuerzo en la escuela secundaria, y Taichi, Yamato y Sora Takenouchi fueron al comedor. Durante el camino, Taichi se dirigió a la pelirroja para recordarle su compromiso anual de ir a ver el florecimiento de los cerezos. Lo hacían juntos desde que tenían cinco años, pero desde el florecimiento del 2000 tenía un significado especial para ellos, porque les servía para ver lo que habían contribuido a salvar. Sora le dijo que iría con gusto, y le preguntó si Hikari los acompañaría.
—No lo sé —dijo—. Hablaremos de Hikari cuando nos encontremos con Koushiro.
Izumi y Tachikawa ya estaban sentados, y cuando los otros tres entraron, la chica les hizo señas para que se acercaran, mientras el muchacho graficaba un diagrama cuya complejidad lo hacía ininteligible para la mayoría de los mortales. Y mientras comían, comenzó la charla.
—Yamato-, dijo Koushiro —antes de que nos separáramos estuviste a punto de decirme por qué habías preguntado si la puerta se había abierto. ¿Podrías decírnoslo ahora?
—Es mi padre —comenzó a decir el rubio—. Hace un par de semanas se reconstruyó el edificio de la Fuji, y desde entonces han comenzado a suceder cosas extrañas.
—¿Qué clase de cosas?
—No fue muy explícito. Mencionó vagamente algo sobre unas sombras que interrumpían las trasmisiones de los doramas, sonidos que interferían en los audios y letras que aparecían en las paredes y que solamente eran perceptibles por las cámaras.
—¿Y tú crees que tiene que ver con el Digimundo?
—No puedo asegurarlo. Pero pienso que es posible. Principalmente porque allí tuvimos la batalla final contra Vandemon y fue donde murió Wizarmon. Sabemos que si un Digimon muere en el Digimundo, sus datos irán a la ciudad del inicio, donde renacerá como un Digihuevo. Pero ¿qué sucede cuando uno muere en el mundo real?
Hubo un instante de silencio en el que cinco pares de ojos se fijaron en Izumi.
—No sé qué decirte, la verdad. Lo más probable es que los datos se pierdan en la atmósfera. También es probable que algunos hayan podido regresar al Digimundo, merced a la gran distorsión que había en ese momento. También puede ser que estén concentrados en el lugar en el que los Digimon perecieron, y que eso esté causando esos problemas. Sabemos que los Digimon tienen habilidades que interfieren en los artefactos electrónicos. Basta pensar, por ejemplo, en la para proteína que Vandemon usó para aislar Odaiba. Su efecto se detuvo cuando él murió, pero existe la posibilidad de que haya quedado un remanente de eso. Pero para confirmar mi hipótesis tendría que analizar las características de la interferencia.
—¿Crees que los símbolos pueden ser las letras que vimos en la fábrica de Andromon, el laberinto de Centarumon y la pirámide invertida de Nanomon?—preguntó Mimi, recordando la concentración con la que el pelirrojo se había abstraído de todo en el laberinto.
—Tendría que verlos para estar seguro. Pero en este mundo, esos grafemas tienen las características de letras normales. En el Digimundo podían utilizarse para manipular la realidad, porque eran el registro de los datos. Pero aquí no sucede lo mismo. Eso es bueno, porque si un Digimon maligno intenta atacarnos con eso, aquí es inútil completamente.
Hubo un tiempo de silencio. Luego, Yamato se volvió hacia Taichi:
—¿Y tú no tienes nada que decir?
El moreno se quedó un rato callado, pero luego tomó la palabra:
—Es Hikari. Últimamente ha estado muy rara. Taciturna, apagada, como ausente. Tal vez no sea nada relacionado con el mundo Digital, pero como Hikari siempre fue más receptiva a las influencias de aquella dimensión, es probable que tenga relación con eso. Pero si me dices que no ha habido ninguna anormalidad, parece que está atravesando simplemente un periodo de crisis preadolescente.
—Pobre Hikari-chan —susurró Sora.
—Es probable que solo sea eso —dijo Koushiro—. Sin embargo, hay algo que me molesta.
Todos se volvieron hacia él.
—¿De qué hablas?
—Recuerden que hay varios mundos. Gennai ya nos lo había advertido en el momento en el cual teníamos que atravesar la puerta en el castillo de Vandemon. Nos dijo que si nos equivocábamos en la colocación de las cartas, podíamos entrar en otros mundos. Esto nos dice dos cosas: primero, que hay varias dimensiones, no solamente dos; segundo, que están interconectadas; y si tenemos en cuenta que Hikari es más sensible que cualquier otro ser humano a las influencias del mundo Digital, es también posible que lo sea con estos otros universos. Pero esta es una hipótesis rebuscada y sin fundamento. Para estar seguro, necesitaría hablar con ella.
—Yo hablaré con ella —dijo Taichi—. Esta noche, en casa, la obligaré a decirme qué le sucede.
Lo dijo de una forma tan decidida, tan llena de determinación, que a Sora le aterró lo que pudiera llegar a hacer.
—Tai-san-, dijo ella-. Mejor déjamelo a mí. Creo que podremos preguntarle en el Hanami de mañana. Intuyo que el ambiente la relajará y la alegrará. Así estará más dispuesta a contarnos todo.

Otra persona que no dejaba de pensar en la elegida de la luz era Takeru Takaishi. A raíz de su incidente en el baño había sido trasladada a la enfermería del instituto, y aún no había vuelto. El muchacho estaba a punto de pararse para ir a ver cómo estaba su compañera, pero justo en ese momento la puerta se abrió y ella entró y tomó asiento.
Desde entonces, el rubio dejó de concentrarse en los vaivenes de la Era Edo, o en las características de las células o en la forma de resolver una ecuación, porque su mente estaba concentrada solamente en Hikari. Por unos instantes había conseguido tranquilizarse, pero cuando vio que la figura de su amiga parecía desvanecerse en el aire, se paró, y gritó su nombre, lo que le valió que el profesor lo expulsara del aula.
Luego de eso y hasta el final de la jornada escolar, Takeru estuvo parado en un pasillo, aterrado ante la posibilidad de que Hikari se desvaneciera de un momento a otro sin que él pudiera hacer nada por evitarlo. Y cuando al fin las clases terminaron, se sintió aliviado al ver que no le había pasado nada a su compañera, y se ofreció a acompañarla a su casa, pero ella declinó la oferta, aunque cedió a caminar con él hasta que tuvieran que tomar distintas vías.
Amduvieron en silencio, pero el chico se sonrió aliviado al ver que en el rostro de la joven ya no había angustia ni sufrimiento. Antes de separarse de ella, le preguntó por última vez si se sentía bien. La chica asintió con la cabeza y el muchacho dio media vuelta para irse. Pero antes de doblar la esquina, se giró una vez más y le dijo:
—¿Mañana quieres venir al Hanami conmigo?
—De acuerdo-, dijo ella-. Iré contigo.
Takeru se despidió con la mano, dobló en la esquina y perdió a la chica de vista.

Taichi, Yamato, Sora, Koushiro y Mimi se habían juntado en la puerta del instituto para acordar qué hacer para indagar si las causas de los problemas que percibían estaban relacionadas o no con el Digimundo. Yamato debería recolectar toda la información posible acerca de los problemas que estaba teniendo la Fuji TV, y conseguir imágenes de los símbolos de las paredes; Taichi y Sora buscarían sonsacarle a Hikari algo de información sobre su mal; Mimi contactaría a Jyou para que se reuniera con ellos; y Koushiro aplicaría métodos de vigilancia más drásticos para detectar hasta las anomalías más diminutas entre las dimensiones.
—Tal vez pueda pedirle a Takeru que nos ayude con Hikari-, dijo Yamato-. Después de todo, ellos van a la misma clase. Seguramente si le pasa algo, él lo notará.
—Quizá-, dijo Taichi-, y tal vez pueda darte ayuda con el tema de tu padre. Sospecho que dos personas pueden ser mejores inquisidores que una sola.
Ahora, cada uno volvía a su hogar, la mente ocupada en la misión que le fuera asignada. Cuando Yagami estaba por llegar a la puerta de su edificio, el día estaba muriendo y el cielo se había teñido de naranja; en la ciudad se amalgamaban los sonidos de las bicicletas, de los automóviles y de los niños que corrían por los parques; pero entonces, ajeno a los indiferentes sonidos de la urbe, se alzó otro, un ruido desgarrador, terrible, uno que el moreno había escuchado por última vez en el Digimundo, tras el disparo del Mugen Canon: un grito de desesperación de su hermana pequeña:
—¡AYÚDAME, HERMANO!
Al escuchar eso, Taichi miró en torno, y corrió hacia su casa, rezando porque ese grito no fuera más que una manifestación de su inconsciente a causa de sus dudas y turbaciones.

Pero las dudas y turbaciones que atormentaban a Taichi no eran más que una sombra de las que anidaban en el corazón de su hermanita desde hacía ya varios días. Todo había comenzado con pesadillas de índole indecible que dejaban una resaca cada vez más amarga en su ánimo; con el tiempo, también se habían ido sumando voces y visiones diurnas que la hacían dudar de su salud mental; pero una conjunción atroz de deseo de no preocupar a sus seres amados y de miedo a las consecuencias que revelarles sus padecimientos pudiera acarrear la habían obligado a la reserva del silencio y el sigilo.
Sin embargo, aquel día todo fue insostenible para ella. La angustia que le había dejado el sueño era mucho más fuerte y permanente que en cualquiera de las noches anteriores, y ni siquiera el refugio del recuerdo de sus momentos alegres junto a su amigo Tailmon la ayudaba. Además, desde su despertar se había percatado de que las formas del mundo estaban cubiertas por una niebla que las desdibujaba, y no sabía decir si se debía a un fenómeno del ambiente, a una proyección mental o a que se estaba quedando ciega; y se sentía extremadamente débil, como si algo le estuviera robando la energía, y el descanso no había servido de nada.
Durante el desayuno no pudo concentrarse ni en la frívola charla de sus progenitores, ni en la información del telediario, ni en las actitudes de su hermano. La niebla que le turbaba los ojos se hacía cada vez más espesa y hasta los rostros de sus padres se estaban desdibujando. Entonces, sintió como si hubiera perdido el sentido del oído, pero se dio cuenta de que no era así cuando pudo escuchar una voz en su cabeza; era una voz áspera, cruel, vacía de todo sentimiento y claramente no humana:
—Ven. Ven a mí. Necesito tu luz, tu sangre, tu vida. Necesito que engendres a mi progenie.
En ese momento, entre la bruma, vio que su hermano se volteaba con intención de decirle algo, pero luego se quedó un instante en suspenso, y al cabo de ese tiempo movió la boca, y Hikari pudo escuchar (o intuir), a pesar del aturdimiento de sus oídos, que Taichi le estaba preguntando por su estado. Su cerebro tardó cierto tiempo en decodificar la pregunta y aún más en darse cuenta de la preocupación que subyacía detrás de sus palabras, y de que el hecho de no contestarle solo aumentaría sus ansiedades. Por eso abrió la boca y articuló un “Estoy bien” que a ella misma le pareció desganado, pero atribuyó eso a las debilidades de sus sentidos.
—Necesito tu luz, tu sangre, tu vida.
Podía intuir que nadie en su familia había creído su respuesta. En ese momento sucedieron dos cosas: primero, le pareció ver que desde las esquinas de la estancia surgían unas manos viscosas que buscaban atraparla; y luego, su madre se acercó a ella para ver si tenía fiebre; y sea por una proyección o un error de su miedo, a la niña le pareció que la mano de su madre se convertía en la de un ser de tinieblas.
Para escapar de esa situación tan traumática, la chica apartó a su progenitora de manera brusca, tomó la mochila lo más rápido que pudo y salió de la casa sin siquiera despedirse o volver la vista atrás, ni pensar en las consecuencias que eso podía traer. Quiso bajar las escaleras a toda velocidad, como si pudiera escapar de lo que ya veía como una persecución, pero un mareo extremadamente fuerte y un nuevo mensaje de la voz la hicieron desistir de tal propósito:
—Así. Muy Bien. Ven a mí. Un poco más.
Se detuvo en seco. No quería creer que sus pasos la conducían a esa voz. Sintió que alguien se acercaba y se quedó firme, estática, convencida de que quien la llamaba había conseguido alcanzarla. Para su sorpresa, para su infinito alivio, no era más que su hermano.
Él le comunicó que su padre quería hablar con ella a la hora de cenar y que la acompañaría a la escuela. Ella no respondió y simplemente avanzó como si nada, como si él no estuviera allí. El paisaje que se presentaba ante sus ojos nada tenía que ver con aquel que en ese mismo momento alegraba la vista y el corazón de Takeru; ella parecía, en virtud de alguna facultad extraña, ver el ciclo de la vida y la corrupción de la muerte de cada ser como si sucediera todo en simultáneo.
Al llegar por fin al punto en el que debían separarse, Taichi se giró una vez más hacia ella y le preguntó si había algo que quisiera decirle. Ella lo miró largamente, en silencio; pensó en hablarle de sus reiteradas pesadillas, de la voz que salía de ninguna parte, del hecho de ver el día claro como una sucesión de sombras, o, sencillamente, en decirle que ahora lo veía como un cuerpo en descomposición, y que temía ante la posibilidad de estarse volviendo loca; pero, como siempre, eligió no preocuparlo.
—No —respondió.
En clase, apenas prestó atención a las relaciones de los Haiku con la filosofía Zen y la brevedad de la vida, pero, paradójicamente, era la persona dentro de ese salón que más pensaba en la muerte. Su angustia aumentaba cada vez más, y ni siquiera escuchó las palabras de Takeru ante la pregunta del profesor, ni lo que dijo cuando se giró hacia ella, porque estaba demasiado ocupada tratando de ignorar la voz que sonaba en su cabeza:
—Ven. El tiempo se agota. Necesito tu luz, tu sangre, tu vida. Se acerca el fin, y solo tú puedes evitarlo.
El paisaje que se mostraba ante sus ojos era apocalíptico; sabía que ningún otro podía verlo, pero la carcomía la sospecha de que en lugar de un delirio fuese una prognosis de la fatalidad que se avecinaba. Estaban en la hora del almuerzo, y una vez más Takaishi se acercó a ella para importunarla con preguntas sobre su estado. Ella habría querido responderle que se sentía bien, que no le pasaba absolutamente nada, pero algo en el tono de voz de su compañero hizo que se percatara de que esa respuesta no sería creída, por lo que optó por reconocer que se encontraba bajo los efectos de un mareo. La reacción del rubio fue tan desproporcionada que ella agradeció no haberle dicho la verdad: comenzó a insistir de manera harto molesta que era menester que fuera a la enfermería y que él la escoltaría y la acompañaría allí todo el tiempo que hiciera falta; pero ella lo cortó en seco, le dijo que se trataba de un mareo por cansancio y que solo necesitaba lavarse la cara, a lo que él se ofreció a ir con ella hasta la puerta del baño, pero ella se limitó a fulminarlo con la mirada, no porque estuviese furiosa con él, sino porque sentía que se había convertido en un peligro para todos los que la rodearan.
Cuando terminó de mojarse la cara, levantó la vista y a través del espejo vio lo más aterrador que había experimentado en todo ese tiempo y, quizá, en toda su vida: el paisaje que se divisaba no era el de los sanitarios de una escuela, sino, más bien, una costa cenicienta, bajo un cielo pardo, en cuyo horizonte se podía vislumbrar la silueta umbría de un ser indeterminado que estaba mirándola atentamente, y (Hikari lo sabía) no ignoraba que ella también lo veía. Pero lo que realmente la impresionó fue ver su propia imagen: su cabello se había vuelto del color muerto de la ceniza, y su epidermis parecía una vela derretida; aquí y allá la carne roja comenzaba a resaltar. Entonces, sintió que pisaba un suelo húmedo y al bajar la vista, vio una gran extensión de agua negra que la abrazaba, y comprendió que aquella dimensión especular intentaba llevarla lejos. A continuación, perdió la sensibilidad en uno de sus pies, cayó al suelo y vio que una de sus rodillas se estaba escindiendo de su cuerpo. Aquello fue demasiado, y pegó un grito, que hizo que varios docentes se apresuraran a socorrerla y que una parvada de curiosos se agolpara en la puerta.
Mientras reposaba en la enfermería, tomó una decisión: esa misma noche le contaría a su hermano todo lo que había pasado. Pero, como tantas otras veces, sucedió algo que hizo vacilar su resolución: una voz sonó nuevamente en su cabeza, aunque no era aquella del timbre amenazante que la había acompañado todo el día, sino una que despertaba su seguridad, una que había escuchado por primera vez en los lindes del bosque de Pinocchimon. Y no solo sintió su voz, sino también su presencia, y supo, con la certidumbre que tuvo aquella mañana, en otro mundo, que no le haría daño. Aquel ser le dijo que no se preocupara, que se entregara a su destino y que el universo se lo agradecería, y ella, aún con un remanente de miedo, le suplicó que le diera un poco más de tiempo para pensarlo.
Una vez terminadas las lecciones, Takeru se ofreció a acompañarla hasta su casa, pero ella declinó la oferta, aunque no encontró excusa para negarse a dejarlo ir con ella hasta que tuvieran que separarse. Mientras caminaban no cruzaron una palabra, pero Hikari estaba escuchando en su cabeza la voz de aquella entidad que se había quedado con su cuerpo hacía tres años, y ahora le estaba pidiendo otro favor. Cuando llegaron al punto en el que tenían que separarse, ella vio que Takeru movía su boca, e intuyó que le había dicho algo, pero en ese mismo momento sintió la primera voz, la terrible, la que la intimidaba, preguntándole si estaba de acuerdo en ir con él.
—De acuerdo —dijo ella—. Iré contigo.
Inmediatamente, Takeru sonrió, la saludó con la mano y se alejó, probablemente pensando que la respuesta había sido dirigida a él. Luego, ella percibió que una enorme masa de oscuridad la circundaba, velando sus ojos, y la invadió un profundo sentimiento de paz.

Si, en ese mismo momento, Takeru Takaishi hubiera vuelto la cabeza, habría visto a Hikari desaparecer en el aire del crepúsculo de Odaiba.

Mientras contemplaba cómo aquel pequeño Yokomon se acercaba al confín de la Ciudad del Inicio, volvió a asaltarla, como en las incontables ocasiones precedentes, una conjunción enigmática de orgullo, temor y zozobra. Por un lado, estaba muy satisfecha por el hecho de que aquel Digimon hubiera alcanzado la madurez necesaria para valerse por sí mismo en este mundo hostil, pero por otro, le daba temor la enorme posibilidad de que la crueldad del afuera se ensañara con él.
Tales pensamientos hicieron que sucumbiera ante un ardid de la nostalgia, que la llevó a quitarse el guante de la mano derecha para contemplar su cicatriz, y a sujetar con fuerza el silbato plateado que pendía de su cuello.
—¿Cómo te has hecho esa herida? ¿Y por qué conservas ese silbato?
Habían estado juntos desde que Yokomon era un Yuramon, pero nunca se había atrevido a preguntar por el silbato, aunque ella adivinaba en sus gestos que quería hacerlo desde hacía mucho. Tal vez ahora lo había motivado la creencia (o quizá la certeza) de que nunca volverían a verse.
—No importa-, le respondió ella-. Son recuerdos de una época en que me extravié en una selva oscura y alguien me rescató y me llevó al buen camino. Pero no lo entenderías. Tú tienes otro camino que recorrer, como todos. Quizá tenga más espinas que el mío o quizá no. No lo sé. Pero ahora debes encontrarte con los tuyos en la aldea del desierto, cerca de la Montaña Miharashi. Piyomon te estará esperando. Allí estarás seguro, al menos por un tiempo.
El Digimon bebé continuó avanzando, sin vacilar, pero cuando sus tentáculos se acercaron al linde del suelo de colchoneta de aquel lugar, el único que conocía en el mundo, se giró y volvió a dirigirse a su interlocutor:
—Muchas gracias por todo, Tailmon-sama. Adiós.
Aquellas palabras, el uso de los honoríficos y la formalidad extrema retrotrajeron al Digimon felino a tiempos oscuros, en los que era uno de los lugartenientes de los ejércitos que Vandemon había enviado a Japón a acabar con la vida de la persona que ella había nacido para proteger.
—No me digas “Tailmon-sama”, por favor-, suplicó-. Yo solo soy Tailmon. Adiós. Espero verte pronto.
Era un deseo honesto, pero la naturaleza salvaje de los Digimon y la crueldad del mundo le indicaban que nunca volvería a ver aquella esfera rosada, con tentáculos por pies y una flor azul en la cabeza. Cerró los ojos, bajó la vista, suspiró y negó.
—Es doloroso, ¿Verdad?
Se giró. Un ser con la forma de un conejo carmesí con una cola de nueve puntas se había acercado a ella sin que se diera cuenta.
—Sí, Elecmon —respondió—. Es duro. Los Digimon tienen naturaleza salvaje, y son muy agresivos, y tanto tú como yo sabemos que pocos de estos niños sobrevivirán. Pero deben seguir adelante. Es su destino.
—¿Y el tuyo?
Tailmon no respondió. Caminaron en silencio hasta el centro de la ciudad, donde un Digimon cuyo cuerpo era una conjunción entre el de un caballo y un roedor, con alas particularmente grandes mecía con sus patas delanteras a un bebé de color negro y ojos amarillos brillantes que no paraba de llorar.
—Dámelo —dijo Tailmon.
Patamon accedió y el recién nacido se calmó en los brazos del Digimon adulto.
—Es muy lindo —comentó la gata—. Es igual a aquel que sostuvo Hikari en brazos el día en que dejó el Digimundo.
—¿Todavía piensan en ellos?
—Siempre —respondió Patamon—. Cuando estaba en mi Digitama, recibí el mandato de cuidar y proteger a Takeru pasara lo que pasara. No podía oponerme a esa orden, porque estaba grabada en mi conciencia. Recuerdo cuando nací en la Isla File, no sabía cómo era el mundo, ni qué sorpresas me esperarían allá, ni cómo las enfrentaría; pero sabía que lo más importante para mí era defender a Takeru Takaishi, aunque en ese momento no supiera quién era, aunque fuera el nombre de una incógnita.
—Y ahora que se han ido, ¿cómo dan sentido a sus vidas?
Ambos se miraron en silencio; cada uno de los ocho Digimon Elegidos se había hecho esa pregunta en el núcleo de su intimidad, pero ninguno de los dos presentes la había materializado en voz alta, y esperaban que nadie lo hiciera.
—Es difícil —dijo Tailmon por fin—. Cada uno de nosotros ha buscado distintas formas de llenar ese vacío, pero todos somos conscientes de que jamás los llenaremos del todo. Yo hago esto porque sé que a ella la habría hecho feliz.
No dijo más. En ese momento recordaba la sonrisa de satisfacción de Hikari cuando el Digitama que acunaba eclosionó y dio origen a aquel Botamon similar al que ahora se había dormido entre sus brazos.
“Esto es lo que te gustaría que hiciera, ¿verdad?”
Y en ese momento, escuchó el grito:
—¡AYÚDAME, TAILMON!

Ya el crepúsculo estaba a punto de convertirse en noche cerrada cuando Takeru terminó de hacer la tarea. La hizo sin mucha determinación, con la TV encendida en el canal de la Fuji para ver de refilón si aparecían los signos extraños o las sombras que inquietaban a su padre, o las voces que intervenían en los audios. En un momento le pareció ver que un grafema de color ígneo se formaba en una pared, pero al poco tiempo apareció un cartel de problemas técnicos. Eso lo hizo pensar que lo que había visto no era un delirio de su mente, pero no tuvo tiempo suficiente para identificar el símbolo.
Al cabo de unos pocos minutos, la programación se reanudó, pero Takeru no pudo verla porque en ese momento sonó el teléfono. Era Taichi. Sin siquiera demorarse en la fugacidad de un saludo de cortesía, el líder de los elegidos preguntó por su hermana con un tono que indicó a Takaishi que no era la primera vez que formulaba esa pregunta.
—No, no está aquí. ¿Qué sucedió?
No obtuvo respuesta; Taichi había colgado. Temeroso, Takeru marcó los números de la casa Yagami, pero no escuchó más que el pitido intermitente que le indicaba que alguien estaba haciendo uso de la línea. Entonces comenzó a marcar los números de su hermano, aunque se interrumpió.
—Estoy en casa, hijo-. Se oyó la voz de su madre. Él permaneció quieto, con el teléfono en la mano y la vista perdida. -¿Qué te sucede?
Takeru no respondió. No quería decirle que en ese momento oía en su cabeza la voz de Hikari pidiéndole ayuda.

El bebé Botamon no paraba de llorar. Elecmon, por supuesto, se apresuró a consolarlo, pero Patamon no hizo nada más que mirar perplejo a Tailmon, que lo había dejado caer de golpe y ahora estaba tiesa, como aguzando el oído, y parecía perdida en su miedo.
—¿Qué te sucedió? —preguntó el pequeño Digimon volador.
—¿No lo has oído?
—¿Oír qué?
—La voz de Hikari.
Patamon parpadeó y Elecmon, fingiendo desentendimiento, se llevó al Botamon lejos de la felina, como si pensara que su locura pudiese ser contagiada al infante al que mecía.
—No. No he oído nada.
—¿Crees que estoy loca?
—Jamás diría eso. Es más, creo que puede ser cierto que Hikari esté en problemas. Después de todo, nosotros tenemos una conexión especial con nuestro compañero. Además, Hikari puede verse afectada por influencias de otros mundos, como tú sabes; no me sorprendería que pudiera comunicarse contigo a través de las dimensiones. Ya pasó una vez con Agumon y Taichi.
—Entonces, es probable que algo le haya pasado, quizá algo relacionado con este mundo. Tendremos que ir a ver a Centarumon, para saber si se han producido distorsiones. Se dice que en las ruinas que él vigila está escrita la historia del universo todo. Aunque el inconcebible universo es demasiado complejo y de potencialidad infinita para que toda su historia esté escrita en piedra.
—Antes de eso —dijo Patamon—, vamos a ver a Elecmon y a los bebés. Me quiero despedir.
Llegaron con el guardián primigenio de la Ciudad del Inicio, quien, en ese momento, estaba meciendo un pequeño Yukimibotamon que sollozaba levemente, pero que se calmó con el carraspeo de Tailmon. Durante un segundo reinó el silencio; luego, sin que la felina ni el Digimon alado dijeran nada, Elecmon tomó la palabra, porque sabía lo que sucedería, porque la resolución, el fuego en la mirada de sus dos compañeros le dijo que había llegado el día que siempre supo, que iban a marcharse, movidos por alguna misión que estaba más allá de su entendimiento.
—Deben irse, ¿verdad?
Tailmon asintió con la cabeza, lenta, solemnemente.
—No me corresponde a mi detenerlos-, dijo el Digimon escarlata-. Pero si se encuentran por ahí con la mala hora, piensen en nosotros. Recuerden este lugar, recuerden lo que fuimos.
—Así lo haremos- dijo Patamon.
No articularon una palabra más; no hacía falta. Los dos Digimon elegidos se dieron vuelta con una lentitud extrema y se pusieron a caminar en dirección al sol poniente, que proyectaba sus alargadas sombras en el suelo de colchonetas. Y mientras se alejaban, Elecmon tuvo la certeza de que aquellos diminutos seres eran gigantes.

Desde que llegara a su casa, Koushiro Izumi no había hecho más que intentar abrir la puerta digital, sin más éxito que en todas las ocasiones anteriores. Suponía que si el Digimundo los necesitaba, los llamaría, como había ocurrido aquel verano de 1999, pero no podía asegurarlo. La merienda (que su madre le había llevado porque no quiso abandonar la computadora ni siquiera para comer) se había enfriado en la mesa de su cuarto y el ocaso estaba dando paso a la noche cerrada, y el joven no podía encontrar respuestas de ningún tipo. Se consoló pensando que Yamato tendría mejores resultados que él y que al día siguiente Taichi y Sora podían hablar con Hikari.
En ese momento alguien tocó el timbre con suma fuerza. Koushiro ni se inmutó; seguramente sería alguna de las amigas de su madre, que quería alguna cosa baladí, pero le sorprendió escuchar a Taichi, que preguntaba por él a gritos, mientras que la señora Yagami se deshacía en disculpas.
—¡Hikari ha desaparecido! —Gritó el moreno, sin preámbulos, tras entrar en su cuarto, sin siquiera golpear -. ¿Has podido abrir la puerta Digital?
—No. Si hubiera habido algún tipo de distorsión, cualquiera, yo lo habría notado. Créeme, por favor.
—Te creo —replicó el líder de los elegidos—. De todas maneras, sigue intentando. Nosotros nos vamos a ver a la policía. A mi entender será inútil, pero mis padres dicen que es lo mejor.
Taichi lanzó un suspiro, se dejó caer en la cama de Izumi y se tomó la cabeza con las manos.
—Es la tercera vez que me pasa esto —susurró—. La primera vez fue cuando Hikari tenía cuatro años; la segunda, durante la batalla contra Mugendramon; y esta es la tercera. Y algo me dice que esta es la más grave de todas. Hasta escuché su voz en mi cabeza. Me pedía ayuda, Koushiro, ayuda. Tengo miedo.
Y unas lágrimas se formaron en los ojos del elegido del valor.
Koushiro no respondió. Nunca había sido bueno tratando con la gente, y creía que cualquier cosa que dijera sería tomada a mal.

“Supongo que esto será suficiente por esta noche”, pensó el Digimon con forma de mariquita, mientras juntaba en una sola pila el pequeño montoncito de setas que había conseguido recolectar antes de que oscureciera totalmente. Luego, se dirigió al laberinto y se dispuso a llamar a Centarumon, pero notó que él estaba de pie en el salón de la entrada de las ruinas, contemplando la escritura de las paredes.”Justo como Koushiro la primera vez que vino aquí”, recordó.
—He traído la cena, Centarumon-han —dijo.
El centauro no respondió.
—¿Qué estás mirando?
El centauro no respondió.
—No creo que encuentres en esos signos nada que no hayas visto ya. A estas alturas, debes conocértelos de memoria.
El centauro no respondió, pero un golpe violento de sus cascos contra el suelo fue suficiente para que Tentomon comprendiera que lo había oído y que no quería escucharlo.
—Está bien. Saldré a cocinar. ¿Quieres que te avise cuando estén listos?
Silencio.
“Qué extraño”, pensó la mariquita. “Normalmente nunca está así de taciturno”. No era que le molestara; estaba acostumbrado a ser ignorado, incluso por su compañero humano, pero la actitud del centauro, siempre ansioso de compartir su conocimiento, era lo suficientemente peculiar como para inquietar a quienes lo conocían. Tentomon nunca quiso importunarlo con preguntas, porque no tenía sed de conocimiento, pero sabía que podía preguntarle lo que quisiera, y, de estar en sus manos, le respondería.
Encendió una hoguera con sus relámpagos, y se dispuso a cocinar las setas. Se había acostumbrado a comerlas crudas desde su nacimiento, pero después de probar los alimentos humanos, le había tomado afición a la comida caliente.
En ese momento sintió que unas hojas se movían y que alguien se acercaba. “Los debe haber atraído el humo. Qué torpe he sido”. Se puso en guardia, dispuesto a luchar o a huir hacia el laberinto. Pero no fue necesario.
—Patamon-han, Tailmon-han —dijo cuando reconoció a los visitantes.
—Buenas noches, amigo Tento —dijo Patamon—. ¿Podríamos hablar con Centarumon?
—¿Qué ha pasado?
—¡Necesitamos hablar con Centarumon! —dijo la gata, en un tono mucho más brusco de lo que la mariquita hubiera esperado.
Tentomon retrocedió; todavía recordaba su primer encuentro con aquel Digimon en el castillo de Vandemon, y no quería incurrir en su ira.
—Los llevaré-, dijo—. Después de todo, tal vez ustedes tengan más suerte que yo.
¿A qué te refieres?-, preguntó Patamon mientras caminaban.
—Hoy no ha articulado una palabra. Y ha estado todo el día quieto, mirando los símbolos de las paredes. Pero ya lo verán cuando lleguemos.
Entraron; el equino continuaba de pie, estático, “como un monolito antiguo y paciente”, pensó Tentomon; parecía no haberse movido de allí por mucho tiempo.
-Centarumon —susurró la felina, con el tono de quien quiere ocultar su impaciencia tras un velo de respeto-. Me preguntaba si podrías decirme si ha habido alguna distorsión últimamente.
Silencio.
—¿Centarumon?
El guardián del laberinto se giró con una lentitud casi ceremoniosa:
—No hoy —dijo—. Los problemas comenzarán mañana. ¿Pueden reunir a los otros miembros del grupo? Creo que lo mejor es que estén todos aquí para cuando pase. Hay ciertas cosas que quiero explicarles. Tráiganlos antes de que comience a clarear.

—Lo siento mucho, señora Yagami —decía el oficial de policía—. No podemos tomar denuncias de desapariciones hasta que no hayan pasado tres días sin saber el paradero de la persona en cuestión.
—¿Por qué? —preguntó Taichi, enfadado; su madre parecía no haber digerido la noticia, pero él suponía que algo así podía pasar.
—Porque casi todas las “desapariciones” —el oficial hizo un gesto de comillas con las manos— de niñas y adolescentes de estos días se debe a chicas caprichosas que se escapan de casa, y no podemos mover el aparato policial para esos casos. Seguramente volverá en un par de días, cuando tenga frío y hambre, y se dé cuenta de que el mundo real es peligroso, y no cómodo como la casa de su madre.
Alguien rio. El oficial con el que hablaban dibujó una sonrisa sarcástica. Taichi apretó los puños. “Mi hermana ha sobrevivido a más peligros cuando tenía ocho años que ustedes en toda su vida”, pensó, pero no dijo nada.
—¿Podría darme su nombre y número de placa? —preguntó el señor Yagami.
Todos se callaron súbitamente.
—Señor, aquí estamos ocupados. No podemos perder el tiempo con denuncias estúpidas. Le solicito que se marche.
—Vamos, mamá —dijo Taichi tocándole el hombro-. Ya sabía yo que sería inútil.
Salieron; cuando estaban a punto de cruzar la calle para dirigirse a su apartamento, alguien los interrumpió llamándolos a gritos. Se giraron. Era una joven policía, cuya edad difícilmente superara los veinte años; conservaba cierta delicadeza juvenil en el rostro, pero hablaba con el tono de quien está acostumbrado a la disciplina, no la policial ni la marcial, sino una más estricta y propia, quizá única.
—Mucho gusto. Mi nombre es Masami Ushikawa-, dijo mientras tendía a cada miembro de la familia una tarjeta de presentación blanca en la que no había escrito más dato que el que ella acababa de enunciar-. Escuché su situación, y tengo que pedirle disculpas por la actitud de mi jefe-, agregó haciendo una reverencia profunda-. Esto es extra oficial, pero me gustaría ayudarles en lo que pueda a encontrar a su hija. Si quieren mi ayuda, necesitaría cierta información.
Fueron juntos hasta el hogar de la familia, y una vez allí, la agente comenzó con su interrogatorio: preguntó si Hikari solía tener discusiones con el resto de la familia, si solía escapar de las clases, si tenía antecedentes, si sabían si había sido amenazada alguna vez, y un montón de cuestionamientos que Taichi no se había tomado la molestia de responder porque sabía que serían inútiles, aunque hubo una pregunta que llamó su atención:
—¿Dónde estaban sus hijos entre el primer y el cuarto día de agosto de 1999?
Los señores se miraron y luego dirigieron sus ojos hacia su hijo, que no sabía qué decir.
—Taichi estaba de campamento. Hikari también iba a ir, pero no pudo, porque estaba enferma.
—Enferma y de campamento —dijo mientras tomaba notas en una libreta de mano—. Ya veo—. Se volvió hacia Taichi: —¿hay algo que quieras decirme?
—No —respondió él. Luego, lo perturbó el recuerdo de que esas fueron las últimas palabras que había intercambiado con su hermanita, y la certidumbre de que ella, como él ahora, le había estado ocultando algo.
Esa noche no pudo dormir, y solo entonces comprendió cuánto habría sufrido Hikari cuando su compañera había sido capturada. Todavía resonaban en su cabeza ecos del grito que había oído esa tarde: “Ayúdame, hermano… Ayúdame… Por favor…”.

Centarumon continuaba mirando los símbolos de las paredes del laberinto que protegía, incrédulo. Por un lado, en cuanto más examinaba las señales, más claros e incuestionables le parecían sus significados, pero por otro se resistía a creer en la veracidad de esas palabras, que juuzgaba completamente disparatadas.
Se volteó al escuchar sonidos que le indicaban que alguien había llegado; allí estaban los ocho Digimon elegidos. “¿Es correcto cargar con este peso sobre sus hombros? ¿No sería mejor dejarlos descansar?” Pero el mundo le debía su existencia a esos ocho seres que ahora estaban frente a él, y si bien es cierto que con el paso del tiempo se habían desarrollado sistemas de defensa más complejos, ellos se habían ganado a fuerza el derecho de saber lo que estaba pasando.
Gomamon, Palmon y Biyomon estaban confundidos; Agumon, Gabumon y Patamon, resueltos; Tentomon curioso y Tailmon se consumía en fría cólera, sus ojos más ardientes que la línea de fuego que comenzaba a dibujarse en el horizonte. Centarumon empezó a hablar:
-Me alegro de que hayan venido todos. Excelente. Realmente no conozco el origen de estas ruinas, pero con el paso del tiempo y con los años que llevo dedicado a protegerlas y estudiarlas, he llegado a la conclusión de que en estos muros está escrita la historia del mundo, hasta en sus más insignificantes pormenores. Pero por alguna extraña razón, esta escritura tiene una particularidad: es completamente indescifrable hasta que falta muy poco para llegar al tiempo en el que lo que profetiza tiene que cumplirse. Es por eso que no supimos de la aparición de VenonVandemon o de la materialización de Apocalymon sino hasta pocas horas antes de que esos hechos ocurrieran.
—¿Y por qué nos cuentas esto? —preguntó Tailmon, impaciente—. Desde ayer por la tarde que tengo la horrible sensación de que a Hikari le está pasando algo terrible, vengo a preguntarte si ha pasado algo y tú solo me dices que reúna a todos y que los traiga aquí. ¿Qué tiene que ver esto con Hikari?
—No sé si estará directamente relacionado —dijo Centarumon—. Pero ayer por la tarde se ha hecho visible un nuevo párrafo de la escritura.
—¿Y qué dice? —preguntó la gata.
—Habla del fin del mundo.
Todos se miraron, incrédulos, temerosos, vacilantes.
—¿Cómo se producirá? —preguntó Palmon—. ¿Cómo será el fin de todo? ¿Qué lo causará?
—Eso también es interesante. Según lo que se lee, lo causarán los humanos. De acuerdo con esto, Tendrán tres contactos importantes con este mundo. El primero ha sucedido hace mucho tiempo y ha marcado el final de la era primitiva. En aquella ocasión fue cuando el Digimundo tomó conciencia de la existencia del mundo real. Los Digimon estaban en guerra contra un déspota al que no podían vencer. A alguien se le ocurrió la idea de entrar en contacto con la otra dimensión para que los pocos supervivientes se refugiaran en ella, pero descubrió que había seres que podían crear vínculos con algunos de nosotros y ayudarnos a evolucionar, y decidió traerlos a este mundo para que derrocaran al señor oscuro. El segundo contacto es el que ustedes ya conocen, porque formaron parte de él. Pero lo que ocurrirá hoy será distinto. Según esto, los humanos que llegarán serán los causantes de la destrucción del mundo. Así que debemos estar preparados para lo que sea.
Los Digimon asintieron en silencio; desde su nacimiento habían estado preparados para morir defendiendo su mundo, y sabían que tirarían a matar a todo aquel que lo pusiera en peligro.

—Hijo, despierta. Hijo.
Sintió que alguien lo zarandeaba. Lentamente abrió los ojos y movió el cuello para descontracturarse. Ya era de día. Se había quedado dormido frente a su ordenador portátil, que estaba desenchufado, y ahora no podía prenderlo por falta de batería. Se sintió culpable: no solo no había podido abrir la puerta, sino que no podría usar su computadora por una negligencia estúpida. Cuando vio qué hora era, conectó el cargador, se vistió apresuradamente, tomó los diagramas en los que había estado trabajando y algo para comer en el camino, y salió corriendo en dirección a la escuela. Mientras bajaba las escaleras, se encontró con una mujer joven, de aspecto severo, que parecía dirigirse a su departamento. Pensó que era una nueva amiga de su madre, aunque no la había visto nunca y era demasiado joven, pero optó por no darle mayor importancia.
Durante el almuerzo se encaminó, acompañado por Mimi, a la meza en la que lo esperaban los demás. El panorama era bastante triste: Sora estaba rodeando con su brazo los hombros de Taichi, que tenía la cabeza baja, mientras Yamato hablaba con él en susurros.
—¿Alguna novedad?-, preguntó Mimi como para romper el hielo.
Sora le dirigió una mirada de advertencia:
—Hikari-chan ha desaparecido —dijo.
Mimi pareció quedarse sin palabras. Koushiro se sintió aún más culpable. Se sentó en silencio delante de Taichi.
—¿Has abierto la puerta?
Koushiro negó y Taichi descargó sobre él toda la furia que su impotencia y su miedo habían alimentado:
—¡NUNCA ERES ÚTIL CUANDO SE TE NECESITA! ¡ERES UN DESVERGONZADO! ¡NO ERES DIGNO DEL EMBLEMA QUE LLEVAS!
Koushiro no se inmutó, en parte porque sabía que Taichi estaba cegado por la furia, y en parte porque sospechaba que su líder estaba dirigiendo gran parte de esos insultos a sí mismo. El moreno se calmó al darse cuenta que todo el ámbito del comedor había quedado en silencio, y que todos lo miraban; pero continuó contemplando al pelirrojo con odio, aunque sus iris se veían turbios por las lágrimas que se estaba tragando. Izumi se volteó hacia Tachikawa:
—¿Has contactado con Jyou?
Mimi suspiró.
—Sí —dijo—. Pero es como si no lo hubiera hecho. Dice que está muy ocupado y que no puede perder el tiempo con el Digimundo. Está jugándose su futuro y no puede permitirse distraerse con nimiedades.
Taichi escupió. Koushiro giró la cabeza hacia Yamato:
—¿Y qué me dices de tu padre? ¿Te ha mostrado los símbolos?
—No —respondió el rubio—. Dice que la Fuji destruye todos los archivos en los que salen. Es por consejo de Sakurada. No quieren que todo se contamine de espíritus malignos. Pero conseguí sacarle la promesa de que en cuanto vuelva a suceder, me lo mostrará.
—Al menos es un progreso —dijo Koushiro.
—Es más de lo que has hecho tú —replicó Taichi.
Koushiro no respondió. Sacó de la mochila los diagramas que había hecho y los puso a la vista de todos. Eran unas redes complejas, que mostraban un conjunto de circunferencias entrelazadas por una serie de nodos. Todo tenía un aspecto caótico, y había números por todas partes.
—Este es un diagrama especulativo y en tal caso sumamente incompleto, basado solo en una interpretación libre de un comentario que nos dijo Gennai mientras nos hospedábamos en su casa —comenzó—. Recuerden que Gennai nos dio diez cartas que debíamos colocar en nueve posiciones, y que dependiendo de cómo las colocáramos, se iba a abrir una puerta a un mundo diferente. Esto nos dice que la cantidad total de mundos, al menos de aquellos a los que se puede acceder desde esa puerta, asciende a un total de tres millones seiscientos veintiocho mil ocohcientos. Tal vez haya más, pero nos limitaremos a estos por ahora, porque queda claro que son aquellos con los que se puede hacer contacto.
Hubo un instante de silencio; al parecer, todos estaban tratando de digerir la magnitud de la cifra que había dicho el pelirrojo.
—Eso es un problema —dijo Sora—. Aunque tengas el número de los universos no podremos acceder a todos y aunque pudiéramos, moriríamos de viejos antes de terminar de explorarlos, y no podríamos encontrar a Hikari-chan.
—Es más grave de lo que crees. Tengo una teoría de cómo los universos pueden relacionarse, pero no creo que nos sirva de mucho. Además, sin indicios claros de su paradero, no podemos hacer nada. Por lo tanto, Yamato, en cuanto tu padre consiga una imagen de las letras que aparecen en pantalla, o una grabación de los audios o lo que sea, necesito que me lo alcances cuanto antes.
—Así será —dijo el rubio.
Cuando Koushiro llegó a su casa, su madre lo encaró para preguntarle si conocía a una tal Masami Ushikawa, y él lo negó y le preguntó quién era.
—Es una muchacha que ha estado aquí justo después de que te fueras al colegio. Dijo que era de la policía y que quería hacernos un par de preguntas sobre Hikari. Pero las preguntas que hizo fueron extrañas. Al principio parecían normales, no lo niego. Pero luego comenzó a hablar sobre los acontecimientos de agosto, los de hace tres años.
—¿Y qué le dijiste?
—Respondí a todo. Después, me dijo que quería ver tu computadora, así que la llevé a tu cuarto. Estuvo un tiempo largo allí. Cuando se fue, parecía satisfecha.
Koushiro no la dejó terminar. Entró corriendo a su habitación, encendió la computadora de escritorio y la portátil, pasó por ambas el antivirus, revisó minuciosamente cuáles fueron las acciones hechas por Ushikawa, y decidió, para eliminar toda posibilidad de fallo, restablecer la configuración a una fecha anterior. Cuando hubo terminado, su madre le comunicó que Yamato estaba al teléfono.

Takeru Takaishi estaba sentado en el suelo del parque central de Odaiba, absorto en la contemplación de su palma abierta. “Ella sostuvo esta mano”, pensaba: “La sostuvo con firmeza: ‘No te voy a soltar’, había dicho”. La noche anterior, después de que Taichi le cortara el teléfono y él oyera la voz de Hikari pidiéndole auxilio, Takeru había intentado varias veces averiguar qué había pasado. Primero había procurado comunicarse con la casa Yagami, pero la línea estaba siempre ocupada, y cuando no lo estuvo, el aparato sonó una buena cantidad de tiempo sin que nadie lo atendiera; después llamó a su hermano, quien solo le dijo que Taichi había comentado que durante los últimos días su hermana había actuado de manera sospechosa; más tarde intentó comunicarse nuevamente a casa de Hikari, y lo atendió la señora, quien, sin siquiera saludar, preguntó si se trataba de Masami Ushikawa, y al responderle él que no, le dijo, con tono angustiado, que por favor no volviera a llamar; y justo después de volver de clases, pudo comunicarse con su hermano, quien le informó que la pequeña Yagami estaba desaparecida.
En ese momento, mientras recapitulaba los pormenores de su último encuentro con Hikari y recordaba que ella le había prometido acompañarlo a este festival, cayó en su palma una hoja de Sakura. “Qué frágil es”, pensó Takeru. “Es como la mano de Hikari… como nosotros”.
Levantó la cabeza. Los cerezos estaban llenos de vida, pero pronto estarían secos y muertos. Frente a él, aunque dándole la espalda, estaban Taichi y Sora. La pelirroja tenía su brazo alrededor de los hombros del moreno, y le susurraba algo; él tenía la cabeza gacha, y Takeru supuso que estaba preocupado por Hikari.
Entonces sintió que alguien los llamaba a los tres, y giró la cabeza hacia la dirección de donde procedía el grito. Koushiro Izumi estaba de pie, jadeando, con la mano puesta en el costado, en un intento vano por amortiguar el dolor de las agujetas.
—Yamato ha conseguido unas imágenes de las letras que aparecen en las paredes de la Fuji TV —dijo sin dar rodeos—. No sé si tengan que ver con Hikari, pero está más que claro que se relacionan con el mundo Digital. Tal vez dentro de poco podamos abrir la puerta.
Taichi se puso de pie; parecía aliviado.

Ruido de olas. Remoto olor a sal. Humedad. Llovizna. Frío. Sus ojos aun no se acostumbraban a la penumbra. Pero no estaba sola. Lo sabía.

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